CONTEMPLAR LA IMPERMANENCIA DE TODAS LAS COSAS, EL PRINCIPIO DE TODO CAMINO ESPIRITUAL


ANTES DE BUSCAR PRÁCTICAS MÁS ELABORADAS Y COMPLEJAS, LA ESPIRITUALIDAD TRADICIONAL ENSEÑA QUE UNO DEBE MEDITAR SOBRE LA IMPERMANENCIA, LA MÁS PROFUNDA, SENCILLA Y PODEROSA DE TODAS LAS PRÁCTICAS CONTEMPLATIVAS

El gran debate fundacional de la filosofía occidental es el que protagonizaron Parménides y Heráclito: el primero sostuvo que el movimiento es una ilusión, sólo existe un ser eterno e inmutable que es todo; el segundo afirmaba que todo está cambiando, todo es flujo, de tal manera que uno ni siquiera puede bañarse en el mismo río dos veces. En la India encontramos un paralelo, en el que la filosofía de Parménides tiene un claro parangón en el monismo de las Upanishad, en la noción de que existe solamente un Ser eterno e inmutable (Brahman) que es idéntico al alma individual, y la de Heráclito en el Buda, quien enseñó que todas las cosas están cambiando y que ni siquiera existe un yo estable, solamente una serie de agregados en constante transformación como una llama de fuego (metáfora predilecta también de Heráclito). Es probable que incluso ciertas ideas indias hayan llegado a fertilizar el mundo griego (como ha señalado Thomas McEvilley), pero no podemos detenernos en esta fascinante hipótesis aquí.

Ahora bien, aunque uno se decante por el campo esencialista, y crea que hay un fondo último inmutable, de cualquier manera hay un hecho irrebatible desde la perspectiva convencional: el mundo en el que existimos está constantemente cambiando, los átomos de nuestro cuerpo ya no son los mismos que los que teníamos cuando nacimos, todas las cosas que amamos en este mundo perecerán algún día y nosotros mismos podemos morir cualquier día. En esto estarían de acuerdo tanto Platón como Heráclito, como Yajnavalkya y el Buda: el mundo como lo experimentamos comúnmente, debido a su naturaleza cambiante es sufrimiento. Sarvam duhkham, se dice en sánscrito, todo en el samsara, en el mundo cambiante es sufrimiento. Para Platón, a quien podemos ligar de manera importante con Parménides, el cambio es irreal, el mundo sublunar es una ilusión, pero no por ello deja de ser una fuente de enorme sufrimiento. Así pues, la labor del filósofo es esencialmente una meditación sobre la muerte. El filósofo debe aprender a vivir de tal manera que al morir pueda trascender el mundo cambiante que lo condiciona a una existencia de sufrimiento. Para esto debe desapegarse del cuerpo, cultivar la virtud y ser consciente de que la vida humana es una oportunidad enorme para depurar su visión y fijarse en el Sol del Bien, en la eternidad que relumbra a través del mundo de las apariencias. Aunque en la filosofía de Platón el hombre tiene diferentes oportunidades de cultivar su alma, si no aprovecha esta oportunidad es probable que sus propias aflicciones e ignorancia lo inclinen a elegir una vida más grosera aún, donde le será mucho más difícil encaminarse hacia la realidad eterna de las ideas. De aquí que toda meditación sobre la muerte sea también una meditación sobre la impermanencia y la importancia de no desaprovechar la vida persiguiendo éxito y placer en este mundo.

Los filósofos del vedanta, aunque postulan un Ser inmutable y una realidad perfecta que todo lo soporta, de cualquier manera reconocen como el principio de todo sendero filosófico el reconocimiento de que el mundo como lo experimentamos, desde la ignorancia del Ser, es esencialmente sufrimiento. Al igual que el budismo, que no puede disociarse del todo de la matriz védica de la cual se origina, el vedantin nota que la principal razón por la que el ser humano sufre es porque se apega a cosas cambiantes e irreales y cree que a través de éstas puede obtener la felicidad. Este es el error básico de cognición que en el vedanta se identifica con la maya y en el budismo con el error de creer en un yo independiente. El proceso soteriológico tiene que ver con la renuncia a estos placeres, a la cualidad efímera de la existencia, controlando el deseo para fijar la atención en la única realidad que es la luz de la conciencia. No hay tiempo que perder; así, toda la vida debe ser consagrada al estudio de los textos sagrados, a la contemplación de las enseñanzas y finalmente a la meditación en el Brahman, habiendo renunciado al mundo.

Es, por supuesto, en el budismo donde es aún más claro este imperativo de considerar la impermanencia como punto de partida en el dharma. El Buda enseñó famosamente que todas las cosas se caracterizan por tres marcas: carecen de un yo (o existencia sustancial), son impermanentes y producen sufrimiento. Uno de los sutras del Canon Pali señala que las últimas palabras del Buda fueron estas: "Todas las cosas compuestas son impermanentes, ¡oh monjes, busquen diligentemente la liberación!". Y la tradición ha sido fiel a sus enseñanzas, pues la meditación budista esencialmente consiste en meditar de diversas formas en torno a esta impermanencia. Desde la práctica de shamata, en la cual se percibe la impermanencia de todas las sensaciones y las demás manifestaciones de los cinco agregados, al enfocarse principalmente en el aliento, o la meditación vipashyana, en la cual se analizan los constituyentes de la naturaleza y del propio ser, averiguando si estos son permanentes o impermanentes, para tener una experiencia no conceptual de esta impermanencia, hasta los llamados cuatro pensamientos que llevan al dharma, que son la base del entrenamiento de un practicante en el budismo mahayana. Se medita aquí en la insatisfacción innata del samsara, en la muerte, en la ley del karma y en la preciosa oportunidad de tener un cuerpo humano. En todos estos objetos de meditación lo que subyace es la impermanencia. El efecto que tiene meditar sobre la impermanencia puede dividirse fundamentalmente en dos: por una parte, nos exhorta de una manera poderosa a aprovechar el tiempo y practicar el dharma (pues tenemos una corta pero preciosa oportunidad de liberarnos de lo que es una interminable procesión de sufrimiento e insatisfacción) y por otra parte nos permite desapegarnos de las cosas, tomar una cierta distancia o perspectiva y no sufrirlas tanto, creando así la posibilidad de una manera más fresca y plena de existir, pues cada momento es único y cada momento permite que seamos completamente otros, nuevos, libres de la carga del tiempo y su duración. A fin de cuentas, todas nuestras aflicciones, todos nuestros terrores y toda la aparente realidad de nuestra identidad existen por solo un momento, una especie de sueño pasajero, cuya sensación de realidad duradera no es más que la proyección reificante de nuestra nesciencia. De la impermanencia el budismo derivaría, con sofisticación filosófica, la noción de la vacuidad, pues si una cosa es impermanente esto significa que no tiene sustancia, no tiene una realidad duradera, su aparición en el mundo es interdependiente, como un arcoíris. Así que la impermanencia combina esta doble actitud: por una parte, tener una enorme seriedad y dedicación a la impostergable transformación de nuestra mente para alcanzar la sabiduría que erradica el sufrimiento y al mismo tiempo cultiva una ligereza ontológica, un entendimiento de que todo lo que padecemos no tiene verdadera sustancia, está a punto de desaparecer, y por ello tiene una especie de cualidad mágica. El maestro tibetano del siglo XIV, Longchenpa, dijo sobre esto:

Eres momentáneo, efímero

como una pequeña llama en una tormenta.

Cuando desciendan terribles peligros

sobre tu vida no durarás mucho.

Pronto morirás.

Así que practica el sagrado dharma.

Y el gran enciclopedista de la tradición tibetana, Jamgon Kongtrul:

Hasta ahora he vagado por el samsara.

La ignorancia, la confusión y el mismo samsara no han llegado a su fin.

Ahora que comprendo esta intolerable infelicidad una feroz determinación surge en mí.

Entro en el camino de la libertad y la felicidad verdadera

y sigo la libertad del linaje de maestros para despertar plenamente en esta vida.

Fuente: pijamasurf.com

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