UE-Mercosur: gobernantes contentos, rechazo ciudadano



¡Librecambistas de todos los países, uníos! El acuerdo firmado por cuatro países suramericanos y la Unión Europea es un nuevo ejemplo de la distancia abismal que separa a las élites gobernantes de lo que antes se denominaba pueblo, y ahora, consumidores.

El acuerdo UE-Mercosur, que pretende eliminar progresivamente las tasas aduaneras para diferentes intercambios de productos de un lado y otro del Atlántico, fue vendido por algunos líderes en el G20 de Osaka como un hito en la historia comercial del planeta Tierra. Emmanuel Macron, Angela Merkel y Pedro Sánchez, por un lado, y Mauricio Macri, especialmente, por el otro, anunciaban a la prensa la llegada de una nueva era. El mayor acuerdo comercial concertado por los 27 miembros del club de Bruselas.

Esos mismos líderes, elegidos por la ciudadanía de sus respectivos países, acapararon los titulares de prensa en las primeras horas para noquear a sus electores con una cuidada selección de elementos de lenguaje que vistieran el acuerdo como un acontecimiento singular, tras 20 años de negociaciones.

¿Cómo es posible entonces que, en Europa, políticos sobre todo de izquierda, pero también de derecha, desde las ONGs ecologistas hasta las organizaciones de agricultores y ganaderos, hayan levantado las lanzas contra ese convenio?

Veinte años de negociaciones opacas, en ciertos casos secretas, de una complejidad aparentemente extrema, difícil de traducir al 'gran público', se quieren saldar con una firma y airear como un éxito, sin que se conozca la letra pequeña de las cifras acordadas.

El libre cambio como panacea a los males actuales para muchos líderes europeos. Una nueva religión que castiga con el oprobio a los agnósticos. Una decisión acordada por una Comisión Europea en plena crisis, como respuesta al proteccionismo de Donald Trump, como respuesta también al Brexit.

"La Europa que protege". Era uno de los eslóganes del presidente francés en su campaña electoral, un lema repetido varias veces para dar a entender su idea sobre la UE. Pero proteger rima más con proteccionismo que con mercados abiertos de par en par. Y en su casa se lo han hecho saber. Las asociaciones de ganaderos, de agricultores, las organizaciones defensoras del medio ambiente, la oposición de izquierda, de derecha y algunos miembros de su propio partido, ponen de relieve las contradicciones entre la acción y el discurso de los gobernantes.

Eurohipócritas

La UE exige a ganaderos y agricultores europeos normas estrictas de respeto al medio ambiente, también en el campo fitosanitario y en la alimentación y trato de animales. Al mismo tiempo, portavoces de estos colectivos denuncian que mientras el discurso oficial insiste en el "circuito corto" y la producción local, se firman acuerdos que van a desestabilizar la producción y el mercado interno por culpa de lo que interpretan como competencia desleal.

Con una cierta condescendencia y una dosis de racismo, los productores europeos denuncian que deberán competir con carne engordada con hormonas y con la "agricultura frankenstein" de Argentina y Brasil, algo prohibido en Europa. Ocultan sin embargo el tratamiento brutal en los mataderos de muchos de sus países y el último ejemplo de aberración denunciado en un vídeo por la organización francesa L214: la apertura de ventanas en los vientres de las vacas para poder estudiar su 'performance'. Los dirigentes europeos aseguran van a dejar muy claras las líneas rojas para aceptar los productos suramericanos. Difícil de creer cuando cada mes salta en Europa un escándalo alimentario que ha pasado esos supuestos controles de calidad.

El presidente francés, que se presenta como el adalid del acuerdo Mercosur, se autotitula también como defensor en jefe del medio ambiente e, insisten sus voceros, exigió a Jair Bolsonaro el cumplimiento del pacto COP21 firmado en París, en 2015. Macron en contra de la deforestación amazoniana, como si alguien creyera que Bolsonaro va a seguir al pie de la letra esas órdenes. Como si los productores brasileños, en plena competencia con sus vecinos y sus nuevos "socios" europeos, tuvieran intención de frenar sus deseos de expansión territorial por temor a la sanción de un alejado Elíseo.

​Algunos antimacronianos franceses van más allá en sus críticas y subrayan que a su presidente le preocupa más la selva brasileña que sus paisanos agricultores que, en su desesperación, han encontrado en el suicidio —uno cada dos días— la respuesta a sus problemas.

Europeos estafados

Un mundo donde la globalización del comercio es inevitable e indispensable es anunciado por la mayoría de los líderes europeos desde hace pocos años. Las ventajas para los ciudadanos se traducirían en el aumento del poder adquisitivo, ya que se importaría a bajo precio productos de países emergentes. Pero los chinos, por ejemplo, no solo saben producir juguetes de plástico a bajo precio, sino alta tecnología. La realidad fue un descenso de la producción propia, un freno al crecimiento y un alza de los impuestos para compensar ese efecto.

A los europeos se les dijo que se especializarían en empleos cualificados o intelectuales, para justificar la deslocalización de industrias centenarias. La realidad se impuso de nuevo: un freno al crecimiento, un alza de los impuestos, el aumento del paro, el empobrecimiento de las clases medias y el despegue desenfrenado de la deuda pública y privada.

El marketing político a corto plazo trata de ocultar que el acuerdo de Mercosur debe ser ratificado por los 27 parlamentos nacionales de la UE. Ello llevará dos años como mínimo. Los lobbies van a multiplicar su trabajo. Y si los legisladores nacionales llegan a poner en dificultades la nueva alianza comercial, siempre se encontrarán mecanismos para evitar que la voz de los representantes del pueblo sea tenida en consideración. Así se ha hecho en Francia dos veces; así se ha procedido también en los Países Bajos cuando la opinión pública se opuso a las decisiones de las élites dirigentes.

Por supuesto, habrá sectores que se beneficien del acuerdo comercial UE-Mercosur y no todo debe ser considerado negativo. Pero debe haber un problema de simple salud democrática cuando las negociaciones se llevan en secreto y no se presentan al voto antes de ser discutidas y acordadas entre mandatarios políticos. Aunque está claro que la industria alemana del automóvil no puede correr el riesgo de perder el mercado de América del Norte ante las amenazas de Trump y desee asegurarse el del Sur del continente. La globalización no hace sino perennizar el rol asignado a cada país. Unos serán siempre el granero de Europa; otros, los fabricantes de berlinas.
Fuente: mundo.sputniknews.com

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